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miércoles, 30 de marzo de 2016

Centenario de la muerte de Rubén Darío


Juventud, divino tesoro, 
¡ya te vas para no volver! 
Cuando quiero llorar, no lloro... 
y a veces lloro sin querer... 

Todos hemos oído alguna vez estos versos. Son, como muchos sabréis, el comienzo de “Canción de otoño en primavera”, uno de los poemas más conocidos de Rubén Darío.  Esta estrofa es quizás la más idónea para homenajear al poeta nicaragüense en el año en que se cumple el primer centenario de su muerte.

Además de ser un gran poeta –es el fundador y máximo exponente del Modernismo hispánico–, escribió también relatos en prosa y crónicas periodísticas. En su autobiografía nos cuenta que era  además un ávido lector y que uno de los primeros libros que recuerda haber leído. Admiraba a Cervantes, y de hecho escribió una crónica titulada “En tierra de D. Quijote”  por el tricentenario de la publicación de la obra. Curiosamente, este año comparte aniversario con la muerte de Cervantes, al cual, por cierto, también le dedicó un poema:



Rubén Darío falleció en su país natal en febrero de 1916, a la edad de 49 años. Como curiosidad, Ramón del Valle Inclán, autor contemporáneo y amigo del poeta, lo “resucita” al introducirlo como personaje en su obra Luces de Bohemia (1924), demostrándonos el poder de la literatura para inmortalizar a autores y personajes por igual.

Así pues, nos despedimos del príncipe de las letras castellanas con una nota de optimismo, recordando el final del poema con el que iniciamos esta entrada:

Juventud, divino tesoro, 
¡ya te vas para no volver! 
Cuando quiero llorar, no lloro... 
y a veces lloro sin querer... 
¡Mas es mía el Alba de oro!