Translate

Búsqueda

jueves, 9 de agosto de 2012

Sensibilidad para nuestra época fría


Por Andrés Alonso Martos (Asamblea de palabras).


Araña Editorial (Valencia) inaugura una nueva colección en su ya amplio catálogo de publicaciones. Esta vez, Julia De la Rúa y Enrique De la Rúa echan una mirada atrás, a la tradición, y rescatan del casi olvido la vertiente literaria de la célebre ensayista inglesa Mary Wollstonecraft (1759-1797), y del olvido absoluto su primera novela, La novela de Mary (1787), que es la primera vez que se publica en castellano. Así, la editorial valenciana asienta, más si cabe, su voluntad de hacer visible lo que, por razones de mercado o de saberes dominantes, queda en la trastienda de la cultura escrita.



Esta edición, traducida de modo magnífico por Bárbara Martínez y Jonás Morell, cuenta con una completa introducción a cargo el profesor Josep Marco (Universitat Jaume I de Castelló), donde se realiza un sucinto pero enjundioso repaso a la vida y a la obra de su autora, así como a la época en la que fue escrita. De todo ello, lo más digno de destacar, por un lado, es la índole entreverada de la vida y la obra de esta escritora; por el otro, el carácter precursor de esta novela respecto al Romanticismo inglés de finales del siglo XVIII y principios del XIX. Como dice el profesor Marco: «[E]l relato está impregnado de muchos de los intereses y motivos propios del Romanticismo. Sin llegar al grado de explicitud que dichos motivos alcanzarán en obras posteriores (de hecho, las Baladas líricas de Wordsworth y Coleridge, comúnmente consideradas como una especie de manifiesto del Romanticismo inglés, no verán la luz hasta 1798) [...], [l]a presencia de todos estos temas [románticos] no deja de ser un indicador moral y estético del clima en el que se iba forjando la personalidad literaria de Mary Wollstonecraft» (p. 17).

Contextualizada de esa manera, el lector siente de antemano que La novela de Mary contiene el manifiesto de la última gran época clásica de las artes y la literatura, convirtiéndose, así, en un buen cuadro de entonces.

Como es sabido, Mary Wollstonecraft se hizo conocida, y lo sigue siendo, por sus ensayos sobre los derechos humanos (Reivindicación de los derechos del hombre, 1790), en especial los de la mujer (Reivindicación de los derechos de la mujer, 1791), ambos de inspiración en la Revolución Francesa, que la convirtieron en una adelantada de su tiempo y en una precursora del pensamiento feminista. Debe quedar consignado que todos estos elementos reivindicativos están presentes en La novela de Mary, lo cual convierte a esta obra, no sólo en un adelantado manifiesto de su época, según recién dije, sino en una extraordinaria oportunidad para conocer el germen de sus ideas definitivas y atender a su evolución y transformación. Y es que la ficción, cabe recalcar, no está reñida con el lado más abstracto de los conceptos.

Como ya he dicho, La novela de Mary es la primera novela de Mary Wollstonecraft. De modo general, aquí se narra la difícil, solitaria e incomprendida vida de niña a adulta de Mary, trasunto ficticio de la autora y, asimismo, de sus penosas y difíciles vivencias. «La providencia quiso —dice— que Mary experimentara casi todas las clases de pesares que existen» (p. 51). No es mi intención resumir el argumento de la novela ni me es posible ahora decir todo lo que ésta sugiere. Permítaseme entresacar tan solamente cuatro apuntes sobre algunos de los elementos que considero más relevantes.

El primero es la crítica que Wollstonecraft realiza a las convenciones y reuniones sociales, a las conversaciones triviales, etc.; éste es un rechazo que se identifica, a su vez, con la hostilidad que muestra hacia la gran ciudad. El espíritu de Mary, y de aquellos a los que ama y valora, es un espíritu libre; o, más que libre, libertario, lo cual se da a ver en la magnífica última frase de la novela, que se revuelve, resignadamente, contra una de las tropelías que sufre: el matrimonio convenido por cuestiones económicas. Dice: «[Mary] se imaginaba apresurándose a llegar a ese mundo en el que no existe el matrimonio ni se da a nadie en matrimonio» (p. 126). Ese mundo al que quiere llegar tan rápidamente es la muerte y el cielo. Antes muerta que esclava, entonces. Extraordinarias palabras.

Este espíritu independiente posee, en segundo lugar, una causa y un efecto. Primero el efecto. Consiste en la clara admiración que profesa nuestra protagonista por la Naturaleza, que no sólo es tan libre como ella aspiraría a ser, sino que, además, refleja el desbordamiento de su interior, la pasión, el exceso, etc., tal y como llega a verse en los primeros párrafos del capítulo IV. Lo mismo que se dice de la Naturaleza, puede decirse de Dios: pura entrega a Él más allá —y en contra— de la institución eclesiástica, pues Dios habita el interior del alma humana y se manifiesta en su creación. El resto, mera convención (de nuevo). Luego, como decía, está la causa de ese espíritu libertario, que reside en el carácter esencialmente reflexivo de nuestra protagonista: «Su personalidad metafísica la empujaba a reflexionar acerca de cualquier situación que sucediera ante sus ojos. Su mente no era como un espejo, que recoge pero no retiene cada imagen flotante; no tenía prejuicio alguno pues estudiaba cada juicio de valor antes de adoptarlo» (p. 59). La lógica de la reflexión vuelve absurda, las más de las veces, la lógica de la convención, aun cuando ésta fuera en determinado momento muy anterior resultado, también, de la reflexión.

El tercer apunte es la especial atención que la protagonista presta a la necesidad de ayudar a los otros, el sin vivir que ella sufre mejorando —tanto física como psíquicamente— el entorno de aquellos a los que ama. Su compasión antecede a su amor propio. Sin eso, no puede vivir: «Su bondad no tenía límites; las angustias de los demás la trastornaban hasta el punto de que no descansaba hasta lograr aliviarlos o consolarlos. La calidez de su compasión la hacía a menudo tan diligente, que se le ocurrían muchas cosas que quizá habrían pasado inadvertidas a un observador menos interesado» (p. 40).

La crítica a las convenciones sociales, la interiorización de la Naturaleza y Dios, así como sus sentimientos filantrópicos se mueven, en verdad, en el interior de la que, a mi juicio, es la principal idea en torno a la cual gira esta novela, a medio camino entre la Ilustración inglesa del common sense (nada que ver con el sentido común) y el Romanticismo más puro; a saber: la sensibilidad humana. Es el cuarto y último apunte. Sensibilidad, que no sensación, mera sensación, o, como dice ella, «gratificación sensual». Sensibilidad, que no se opone a la índole reflexiva, según recién dije, de Mary. No. La sensibilidad (el «sensitive» inglés) es la capacidad de estar abierto a lo que no es uno y de ser lo otro de sí en el propio interior. No es nada inmediato, como parecería, sino que es producto de la educación y del ejercicio de la virtud, algo que ya viene consignado en el propio exergo de La novela de Mary, unas palabras de Rousseau: «La práctica de las virtudes más sublimes educa y alimenta el espíritu» (p. 21). Mejor que yo, lo dice en determinado momento nuestra protagonista. Como botón de muestra tanto de esto (incluida la Naturaleza y Dios) como de la belleza de la prosa de esta novela, termino la reseña:

«La sensibilidad es el sentimiento más exquisito del que es susceptible el alma humana. Cuando nos domina, nos sentimos felices, y si pudiera durar inalterada, quizá podríamos formarnos alguna noción sobre el gozo de aquellos días paradisíacos en los que las pasiones obedientes eran dominadas por la razón y los impulsos del corazón no necesitaban correctivos. Es esta vivacidad, esta delicadeza en los sentimientos, lo que nos permite gozar con las sublimes pinceladas del poeta y el pintor; lo que expande el alma, y le da una grandeza entusiasta mezclada con ternura, cuando vemos los magníficos elementos de la naturaleza u oímos hablar de una buena acción. El mismo efecto que experimentamos en primavera, cuando damos la bienvenida al sol que regresa y a la consiguiente renovación de la naturaleza; cuando se abren las flores y exhalan su dulce aroma, y se oye música sobre la tierra. Suavizada por la ternura, el alma está más predispuesta a la virtud. ¿Existe alguna gratificación sensual comparable a sentir los ojos humedecidos tras consolar al desafortunado?» (p. 105).